El camino al fracaso del crédito social en México

 

1.      Introducción

El pasado 17 de abril de 2024 se dieron a conocer en el Diario Oficial de la Federación (DOF) los nuevos estatutos que regirán en el futuro a la denominada Financiera para el Bienestar (FINABIEN), institución creada para reducir la brecha al acceso de servicios financieros de la población más vulnerable, lo que nos lleva a reflexionar un poco sobre el crédito social en México. En este artículo de opinión abordaremos el tema del crédito social mencionando algunas referencias relevantes de casos internacionales de éxito contrastando con las desastrosas experiencias implementadas por el gobierno mexicano. La conclusión inmediata es que los programas de Créditos FINABIEN no tendrán un resultado distinto al de sus antecesores, es decir, un rotundo fracaso, pero siempre serán redituables para los gobernantes por presentarse el bono político que pasa factura a los contribuyentes. Además de esta sucinta introducción, presentamos un apartado que versa sobre algunos aspectos del crédito social y concluimos con algunas reflexiones.

1.      El crédito social

Existe una gran dificultad para identificar el momento exacto en que se da la primera operación crediticia. Lo que podemos afirmar al respecto es que el crédito surge casi a la par del dinero. También es cierto que las instituciones financieras formales como los bancos tenían como principales deudores a los estados, monarcas y la clase económica más adinerada de la sociedad. Estados Unidos fue uno de los primeros países en los que se incentivó el crédito al consumo. En 1928 el National City Bank de Nueva York vio un nicho de consumidores que jamás había sido atendido, la clase media trabajadora. A través de pequeños créditos al consumo se dio cuenta que el comportamiento de la cartera fue mejor de lo que se esperaba, con una tasa de incumplimiento muy baja y con posibilidades de un gran crecimiento. La expansión de empréstitos alcanzó altos volúmenes y se financiaron a otros sectores como la adquisición de viviendas, automóviles, financiamiento educativo, entre otros. Los beneficios fueron tripartitas, los trabajadores obtuvieron prestamos más baratos en relación con el otorgado en el mercado informal (usureros o casas de empeño), los bancos ganaron un gran volumen de clientes y el gobierno se hizo de mayores recursos al observarse una economía más dinámica. No obstante, la clase más vulnerable en situación de pobreza quedó totalmente relegada de los servicios financieros al no ser sujetos de crédito y sobre todo en el segmento que corresponde a las microempresas, emprendimientos e, incluso, negocios insertados en la economía informal.

Actualmente, es ampliamente reconocido que el acceso a los servicios financieros es un medio importante para la reducción de la pobreza. Aunque existen diversas posturas, nos decantamos por aquella que se centra en el autoempleo, lo que significa que una persona en estado de pobreza al tener acceso a un microcrédito está en la posibilidad de realizar un emprendimiento para complementar el ingreso familiar. Aunque se advierte que es cuestionable el efecto positivo en los casos de pobreza extrema, pues se agudiza el problema de información asimétrica de por sí altamente presente en las operaciones de microcrédito.[1] No obstante, la banca tradicional no ha sido capaz de cubrir esa demanda y el sector financiero no bancario ha sido insuficiente. Una de las vías con las que se ha intentado reducir la brecha de acceso al financiamiento en la población en pobreza es por medio de microcréditos. Usualmente uno de los participantes es el gobierno que interviene a través de subsidios en las tasas de interés, reducción de requisitos para obtención de créditos e inclusive con créditos a fondo perdido. Dichas intervenciones presentan dos deficiencias marcadas que ponen en tela de juicio su efectividad, primero, dado que los recursos son limitados, los mecanismos de asignación de recursos suelen ser poco transparentes y, segundo, se observan tasas elevadas de incumplimiento. Respecto al segundo punto, el acreedor estatal difícilmente cuenta con un área bien estructurada de recuperación y refinanciamiento que le imposibilita llevar un control adecuado del riesgo. También es necesario señalar que existe un componente político al ser prestamos de origen gubernamental, esto provoca que los recursos no siempre lleguen a la población objetivo, sino que, se destinan a cubrir alguna cuota política.

Los primeros proyectos de créditos sociales se remontan a la década del cincuenta, en donde la prioridad era financiar al sector agropecuario para que lograran hacerse de recursos para, principalmente, lograr la tecnificación e incrementar la productividad. Los bancos de desarrolló fueron los intermediarios financieros que sirvieron para realizar las colocaciones de crédito subsidiado. Es hasta tres décadas después que el destino de los fondos se diversificó a las microempresas sobre todo para grupos vulnerables específicos como mujeres o comunidades indígenas que tenían como objeto complementar el ingreso familiar o incrementar la productividad en las actividades artesanales. La modalidad de estos financiamientos ha sido a través de microcréditos. En esta etapa las intervenciones no sólo han sido por parte del sector público, también, se cuenta con la participación del sector privado y la sociedad civil.

Una de las experiencias más significativas a nivel internacional es la de Grammen Bank en Bangladés, impulsada por Muhammad Yunus, economista y banquero reconocido con el premio Nobel de la paz. A Yunus se le considera como uno de los principales exponentes de las microfinanzas y los microcréditos. Debido a los resultados positivos de Grammen Bank otros países replicaron la iniciativa como el Badan Credit Kamata y el Banco Rakyat en Indonesia o el BancoSol en Bolivia, entre otros.


Detengámonos por un momento para poder aclarar un par de términos, el primero es finanzas, que de acuerdo al diccionario de investopedia nos dice que es un concepto empleado para tratar sobre el uso del crédito y deuda, valores e inversiones para financiar proyectos actuales utilizando flujos de ingresos futuros. Ahora, existen divisiones dentro de las finanzas entre las que se encuentra las microfinanzas y que se orientan a la gestión de los créditos y otros servicios financieros orientados a introducir a la población en estado de pobreza a las actividades productivas, es decir, financiamiento a proyectos de pequeña escala como micronegocios. El segmento que atienden las microfinanzas constituye la característica distintiva en relación con la banca de desarrollo.

En cuanto a su funcionamiento proyectos como el Grammen Bank han logrado ser sustentable, debido a que se basa en operar cubriendo los costos que surgen al generarse los créditos, además, de buscar reducir los riesgos como el moral, selección adversa e información asimétrica al atender a grupos solidarios (grupos de personas relacionadas por lazos familiares o sociales). En México las microfinancieras han otorgado servicios desde la década de los noventa hasta la fecha, con los que se ha observado una expansión de servicios y modernización como las tecnologías digitales que contribuyen a la inclusión financiera. A diferencia del sistema bancario tradicional, el sistema financiero social lo conforman organizaciones gubernamentales, sociedad civil o privada, pero su objetivo es sin fines de lucro y más bien busca la reducción de la pobreza mediante la generación de fuentes de ingresos, siempre que los acreditados estén en capacidad de realizar sus pagos.

Ya habíamos mencionado que las microfinancieras, en su mayoría, son organizaciones provenientes de la sociedad civil u organizaciones no gubernamentales (ONGs), así como de capital privado, aunque también se han trasformado en instituciones más complejas como bancos. La captación de recursos regularmente proviene de los mismo acreditados. Sin embargo, también se han dado casos que su origen es gubernamental, sobre todo en lo que respecta al desarrollo rural, que no han sido exitosos, en México y diversas partes del mundo. De manera más precisa, si nos referimos a programas de microcréditos existen varias experiencias recientes como el Programa de Microcréditos del Distrito Federal, el Programa de Microcréditos para el Bienestar (Tandas para el Bienestar) y los recién “creados” Créditos FINABIEN (antes Tandas para el Bienestar y Créditos a la Palabra). Lo que tienen en común estos programas es que operan bajo un esquema de subsidio, dependencia total de recursos gubernamentales (ya que existe nulo proceso de captación), opacidad en su operación, poca cobertura, tasas de recuperación sumamente bajas y son financieramente inviables al carecer de sustentabilidad. Aunque para los propósitos sociales que fueron diseñados se ha observado un fracaso rotundo, el bono político siempre estará presente pasando la factura a los contribuyentes.

Es importante detenerse para hacer algunas precisiones sobre los Créditos FINABIEN. Primero, uno de sus antecedentes son las Tandas para el Bienestar, que operaron bajo la responsabilidad de la Secretaría de Economía de 2019 a 2020 y, posteriormente, serían responsabilidad de la Secretaría de Bienestar en 2021. Con la creación de FINABIEN mediante el cambio de denominación de Telecomm, bajo el decreto publicado en el DOF el 21 de octubre de 2022, la administración de dichos empréstitos queda, finalmente, bajo la responsabilidad de un organismo federal creado con el fin último de “[o]frecer servicios y productos financieros, así como de telecomunicaciones, con énfasis en los grupos sociales más desprotegidos, que contribuyan a cerrar las brechas financieras y digitales del país” como se enuncia en su misión. En términos operativos el programa en la praxis no ha cambiado en nada y continua con el objetivo de fortalecer la actividad económica regional y el desarrollo del empleo regional por medio de créditos a micronegocios que no han tenido la oportunidad de tener acceso a servicios financieros formales. Aunque se han encontrado resultados marginalmente positivos en la evaluación de impacto realizada por el CONEVAL, la metodología empleada puede cuestionarse severamente por ser altamente subjetiva. Además, no existe información pública respecto al comportamiento de su cartera, que es altamente probable se encuentre severamente deteriorada y el programa presente altos costos de operación.

2.  Comentarios finales

Es innegable el alto costo que asumen los grupos más vulnerables de la población mexicana al no poder acceder a los servicios financieros tradicionales ofrecidos por la banca. La intervención y cooperación de diversos actores de la sociedad es indispensable para brindar alternativas a aquellos que el sistema de mercado no ha podido cubrir su demanda. Una alternativa con múltiples experiencias internacionales han sido los microcréditos otorgados por ONGs, organizaciones de la sociedad civil e incluso iniciativa privada. Aunque estas instituciones han dependido en sus inicios de donaciones y subsidios gubernamentales para su operación han demostrado ser autosustentables al madurar y consolidarse los proyectos. En contraste, los programas de crédito subsidiado en los que el gobierno ha sido el responsable han demostrado un fracaso inminente en donde el derroche de recursos sólo ha tenido fines clientelares, pago de favores políticos y una pérdida de objetividad en su operación. Es claro que todo lo que mencionamos no es nada nuevo o desconocido para los gestores y creadores de políticas públicas y continúa siendo una forma de utilizar recursos públicos de manera discrecional para perpetuar las campañas. Desafortunadamente, los únicos beneficiados son los partidos políticos que ostentan el poder en turno. Es menester el pensar en reglas y normas que reduzcan la discrecionalidad que ha caracterizado por décadas al crédito social en México, de otra manera, el camino al fracaso será irreversible para organismos como FINABIEN o cualquier otra dependencia que transite esa sinuosa ruta haciendo caso omiso de las experiencias pasadas (a menos que sus fines sean meramente políticos).

 



[1] Podemos describir el problema de información asimétrica como la falta de información que tienen los acreedores sobre el deudor o prestatario, principalmente, en lo que se refiere al destino que hace de los recursos. Otros inconvenientes son la selección adversa, el costo del monitoreo y el riesgo moral.


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